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Tag Archive 'inmortal'

Deméter‘diosa madre’ o quizás ‘madre distribuidora’, quizá del sustantivo indoeuropeo *dheghom *mater) es la diosa griega de la agricultura, nutricia pura de la tierra verde y joven, ciclo
vivificador de la vida y la muerte, y protectora del matrimonio y la ley sagrada. Se la venera como la «portadora de las estaciones» en un himno homérico, un sutil signo de que era adorada mucho antes de la llegada de los olímpicos. El himno homérico a Deméter ha sido datado sobre el siglo VII a. C. Junto a su hija Perséfone eran los personajes centrales de los misterios eleusinos que también precedieron al panteón olímpico.

El verdadero simbolismo mítico de la diosa Deméter se encuentra desarrollado en el “Himno de Homero a Deméter”, en el que quizá lo más destacado sea la relación constante con Perséfone, su
amada hija. En él se explica la actitud mantenida por la diosa, en contra de la opinión de los demás dioses del Olimpo, y que consista en seguir por todos los caminos del mundo el posible rastro de su hija.
El lugar exacto en el que se hallaba Perséfone resulta difícil de situar, puesto que se han señalado varios. Entre ellos, el más nombrado corresponde a la región de Sicilia, pero también se enuncian sitios como la Arcadia, Samotracia y el monte Cilene. El caso es que uno de estos paradisíacos lugares fue testigo directo de la desaparición de la querida hija de Deméter, mientras que ella sólo había oído un grito desgarrador que la hizo sospechar que Perséfone había
traspasado la frontera del abismo. Lo que nunca imaginó fue que el propio Zeus había tomado parte en tan vergonzosa acción. Lo cierto es que, después de haber oído tan desgarrador grito, proveniente de la garganta de su hija, la diosa Deméter perdió la razón y una terrible angustia se apoderó de ella. Para calmarse, inició una búsqueda infructuosa y llena de incertidumbre. Estuvo vagando por la tierra durante más de nueve días y nueve noches, y en sus manos llevaba dos antorchas encendidas. No se concedía descanso ni refrigerio alguno hasta que, por fin, y a punto ya de desfallecer, se encontró con la titánide Hécate que también había oído el desgarrador grito de Perséfone y, aunque no pudo identificar a su raptor, sin embargo, le manifestó a Deméter que la cabeza de éste se hallaba cubierta por oscuras sombras. Un dato tan significativo era suficiente para alertar a la diosa. No obstante, decidió consultar a Helios, el dios Sol, que, desde su altura, lo veía todo. Éste le confirmó sus sospechas: el ladrón de su hija había sido Hades, el

Rapto de Proserpina
Rembrandt

dios de la oscuridad y de las tinieblas insondables del abismo.
En otra versión de la historia, Proserpina comía sólo cuatro semillas de granada durante su rapto, y lo hacía por propia voluntad. Cuando Júpiter le ordenaba regresar, Plutón hacía un trato con él, diciendo que como Proserpina había robado sus semillas de granada, debía permanecer cuatro meses con él cada año en compensación. Por esta razón, en primavera cuando Ceres recibía a su hija, las cosechas brotaban y en verano florecían. En el otoño Ceres cambiaba las hojas a tonos de marrón y naranja (sus colores favoritos) como regalo para Proserpina antes de que volviese al inframundo. Durante la época en la que ésta vivía con Plutón, el mundo pasaba el invierno, una época en la que tierra era estéril.

Explica Homero los que vio Helios. Perséfone estaba en un lugar paradisíaco y bucólico, acompañada

El regreso de Perséfone
Frederic Leighton (1891)

por hermosas ninfas que se entretenía en recoger flores silvestres que crecían entre la hierba espesa de las verdes laderas de Sicilia. En esto, descubrió un narciso, cuyo olor y colorido le atrajo de inmediato; en cuanto se agachó para acariciarlo cedió la tierra bajo sus delicados pies y se formó un enorme agujero del que emergió la figura de Hades, el dios del Tártaro y del abismo. Enseguida sujetó a Perséfone y la introdujo en sus dominios subterráneos, mientras que la infeliz muchacha sólo tuvo tiempo de gritar y llamar a su madre.

Desde entonces Deméter será considerada una viajera infatigable porque recorrió el mundo entero en busca de su hija Perséfone. Algunas versiones de los hechos, afirman que todo comenzó cuando Afrodita pidió a Eros que lanzara una de sus flechas a Hades. Ocurriera esta petición o no, el caso es que el dios de los infiernos acaba raptando a Perséfone.

Por su parte, Deméter acaba descubriedo la confabulación que se había formado para raptar a su

Rapto de Proserpina
Luca Giordano

hija y en cuanto supo que el fatídico narciso lo había puesto allí Gea, es decir la Tierra, porque así lo había ordenado Zeus, se negó a vivir en el Olimpo y exigió la liberación inmediata de su amada hija. El desconsuelo de la diosa era tal que el propio Zeus mandó emisarios para que regresara con los demás dioses, pues temía que la raza humana sucumbiera y se extinguiera, puesto que todo fruto se había secado y la tierra permanecía improductiva. Primero fue Iris, la más veloz de entre los mensajeros de Zeus y, a continuación, fueron en busca de Deméter todos los demás dioses. Pero ella se niega a bendecir la tierra mientras no esté a su lado Perséfone. Fue entonces cuando Hermes, el mejor mensajero de los dios, baja al Tártaro a pedirle a Hades que la libere. Más el astuto rey de las sombras le ofrece a su amada un grano del fruto del granado, que simboliza la unión indestructible por el Perséfone quedará ligada para siempre a las moradas subterráneas y a su dueño.

Desde entonces, se establece que durante seis meses la muchacha vivirá con Hades, mientras que otros seis meses deberá pasarlos con su madre en el idílico Olimpo. Deméter acaba aceptanco y, por fin, queda resuelto el asunto. Ya antes, Hades se había encargado de poner a disposición de Perséfone todos los bienes del Tártaro: “Aquí tú serás la dueña de todo cuanto vive, de todo cuanto se arrastra por el suelo. Tú obtendrás entre los inmortales los mayores honores. En cuanto a los hombres que hayan vivido en la injusticia, encontrarán aquí su castigo de todos los días, al menos aquellos que no aplaquen tu cólera mediante sacrificios y santas prácticas.”

Ahí termina el relato de lo ocurrido en el Olimpo, sin embargo, Deméter recorrió un largo camino fuera de la idílica morada de los dioses en busca de su hija. De hecho, antes de encontrarla vivió distintos avatares entre los mortales que aún perduran entre los recuerdos de la narrativa popular. Cuentan que Deméter ya había recorrido un largo camino, cuando decidió sentarse a descansar a la vera de un sendero angosto que cruzaba la región de Eleusis. Apoyada sobre una piedra tosca, reflexionaba la diosa acerca de su infortunio, pues aún no había hallado ni rastro de su hija, cuando una muchacha, que venía de recoger agua del cercano pozo que allí mismo manaba, se acercó a ella con la sana intención de ayudarla. Ya que el aspecto avejentado de Deméter no arredró a la noble hija del rey Celeo, que gobernaba en el Ática. La muchacha rogó a la diosa que le contara su infortunio. Deméter dio rienda suelta a su imaginación y se dispuso a explicar a su joven interlocutora todas las cuitas y avatares que pudo imaginarse en aquellos momentos. Y, así, contó que había sido abandonada por unos piratas que arribaron a las costas del Ática y que la crueldad de estos malhechores no tenía límites, pues anteriormente la habían raptado y apartado de los suyos.

Por esto, se encontraba tan maltrecha y desesperada, que se atrevía a recabar de la joven ayuda material. Necesitaba hallar un trabajo en el palacio de su padre, bien fuera de nodriza, de niñera o de criada, pues conocía todas las labores propias de las mujeres experimentadas del Ática. La hija del rey Celeo intercedió ante su buen padre y, de este modo, tuvo Deméter oportunidad de mostrar sus cualidades y poderes en la corte.

Cuentan las crónicas de los cantores de mitos que en cuanto la misteriosa viajera se encontró socorrida por el rey de Eleusis y los suyos, olvidó con premura sus cotidianos sufrimientos y, al menos durante un tiempo prudencial, desechó aquella amargura que antaño la embargara. Ya no se acordaba de cuando se hallaba “recostada en una piedra de un desconocido camino, con su corazón desgarrado por el dolor, cerca de una fuente de aguas cristalinas, a la sombra de un espeso olivo que la cubría con sus ramas.”

A la misteriosa viajera se le encomendó el cuidado de un niño pequeño, Demofonte, hijo de Celeo y de su esposa Metanira. La criatura no gozaba de buena salud, por lo que tenía profundamente apenados y preocupados a sus padres; éstos habían recurrido a los más afamados curanderos de todos los países, en demanda de ayuda para su delicado niño y, hasta entonces, todo había resultado inútil. Ningún remedio había sido hallado aún para contrarrestar la enfermedad o el mal padecidos por él.

Mas en cuanto Deméter se constituye en su nodriza y protectora todo cambia radicalmente. Y es que la diosa, agradecida por la hospitalidad de sus anfitriones, quiere devolverles con creces el favor y las atenciones que la han dispensado. Para ello, amamanta al niño con ambrosía, el manjar con miel de los dioses, lo mecerá en su acogedor regazo y lo cubrirá de su curativo aliento. Intentará, también, hacerlo inmortal e inmune al dolor y la miseria de los humanos; más, a punto ya de lograrlo, sucedió lo irreparable.

El ritual para obtener la inmortalidad consistía en que cada noche, después de que todos los servidores del palacio de Celeo se retiraran a sus respectivos aposentos, la diosa cogía al pequeño con ternura y lo tendía sobre el rescoldo de una lumbre que ella misma había encendido. Pero Metanira, que ya con anterioridad se había sorprendido ante el aluvión de luz que inundara el palacio, debido a la presencia de la mujer misteriosa que siempre se cubría el rostro con un velo, siguió a Deméter hasta el lugar en el que la diosa se disponía a iniciar como cada noche su ritual.

Observó con gran temor el modo cómo la diosa depositaba a su delicado hijo entre las llamas de una hoguera y huyó, al punto, despavorida. Los gritos de la madre asustaron a Deméter y, en aquel

Ceres (Deméter), alegoría de Agosto:
detalle de un fresco de Cosimo Tura,
Palazzo Schifanoia, Ferrara, 1469-70.

mismo momento, la diosa descubrió su identidad, en un intento de tranquilizarla. Sin embargo, todo el encantamiento quedó roto y Deméter no pudo darle la inmortalidad. Entonces decidió enseñarle una manera de atraer hacia él las miradas y el agradecimiento de los demás mortales. Todas las artes de la siembra, la siega y la recogida de los frutos de la cosecha, le fueron enseñados a Demofonte por la agradecida diosa. También le regaló un hermoso carro, cuyos corceles eran dragones de enormes dimensiones, con el que se podía viajar a los diferentes lugares y rincones del mundo con el fin de enseñar a todos los humanos los métodos más idóneos para labrar y sembrar la tierra, y producir frutos sanos y copiosos. Y, desde entonces, comienzan a utilizarse instrumentos como el arado.
Atribuyeron a Ceres el descubrimiento de deletreado (deletreado) trigo (latín lejos), el yoking de bueyes y arar, la siembra, protección y nutrición de la semilla joven y el regalo de la agricultura a la especie humana; antes de esto, se dijo, el hombre había subsistido en bellotas y había vagado sin establecimiento o leyes. Tenía el poder de fertilizar, multiplicarse y semilla vegetal y animal fructify, y sus leyes y ritos protegieron todas las actividades del ciclo agrícola. En enero, ofrecieron a Ceres el trigo deletreado y una cerda embarazada, junto con la diosa de la tierra Tellus (Madre de Terra) en la Feria movible (Feria) Sementivae e (Sementivae). Esto casi seguramente se sostuvo antes de la siembra anual del grano. La parte divina del sacrificio era las entrañas (exta (Glosario de religión romana antigua)) presentado en un tarro de loza (olla (Olla (pote romano))). En un contexto rural, Cato el Mayor describe la oferta a Ceres de un porca praecidanea (un cerdo, ofrecido antes de la siembra). Antes de la cosecha, le ofrecieron una muestra del grano propitiary (praementium). Ovid dice que Ceres “está contento con poco, a condición de que sus ofrecimientos sean casta (Glosario de religión romana antigua)
Pero además Deméter protagonizó otras muchas narraciones ocurridas en la tierra. Entre ellas podría destacarse, por ejemplo, el castigo que infligió a un hijo del rey de Tesalia, llamado

Baco, Ceres y Cupido
Hans von Aachen,1600

Erisictión, por talar un bosque que ella le había avisado que era sagrado. Erisictión, temido entre sus súbditos y allegados a causa de sus modos violentos e intemperantes, desoyó también el mandato de la diosa seguro de su violento proceder. El castigo que le sobrevino fue de tan sutil naturaleza que sólo una deidad como Deméter pudo haberlo ideado e infligido. La diosa Deméter le
condenó a tener, continuamente, un hambre tal que ningún alimento pudiera saciarle. Había gastado todo su patrimonio en comida, pero no se había saciado. Antes bien, seguía ansioso por comer cuanto caía en sus fauces; más que comer, devoraba alimentos. Estos escaseaban ya de tal manera que su propia hija, al verle mendigar y pedir alimentos, decidió recurrir al poder de transformarse en esclava, que le había concedido su antiguo amante Poseidón. De este modo, Erisictión pudo sacar beneficios de la venta intermitente de su hija. Mas todos los esfuerzos resultaron inútiles, pues, al final, aquél terminó, en un arrebato de locura, devorándose a sí mismo.

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