Feed para
Posts
Comentarios

Tag Archive 'Poseidon'

Deméter‘diosa madre’ o quizás ‘madre distribuidora’, quizá del sustantivo indoeuropeo *dheghom *mater) es la diosa griega de la agricultura, nutricia pura de la tierra verde y joven, ciclo
vivificador de la vida y la muerte, y protectora del matrimonio y la ley sagrada. Se la venera como la «portadora de las estaciones» en un himno homérico, un sutil signo de que era adorada mucho antes de la llegada de los olímpicos. El himno homérico a Deméter ha sido datado sobre el siglo VII a. C. Junto a su hija Perséfone eran los personajes centrales de los misterios eleusinos que también precedieron al panteón olímpico.

El verdadero simbolismo mítico de la diosa Deméter se encuentra desarrollado en el “Himno de Homero a Deméter”, en el que quizá lo más destacado sea la relación constante con Perséfone, su
amada hija. En él se explica la actitud mantenida por la diosa, en contra de la opinión de los demás dioses del Olimpo, y que consista en seguir por todos los caminos del mundo el posible rastro de su hija.
El lugar exacto en el que se hallaba Perséfone resulta difícil de situar, puesto que se han señalado varios. Entre ellos, el más nombrado corresponde a la región de Sicilia, pero también se enuncian sitios como la Arcadia, Samotracia y el monte Cilene. El caso es que uno de estos paradisíacos lugares fue testigo directo de la desaparición de la querida hija de Deméter, mientras que ella sólo había oído un grito desgarrador que la hizo sospechar que Perséfone había
traspasado la frontera del abismo. Lo que nunca imaginó fue que el propio Zeus había tomado parte en tan vergonzosa acción. Lo cierto es que, después de haber oído tan desgarrador grito, proveniente de la garganta de su hija, la diosa Deméter perdió la razón y una terrible angustia se apoderó de ella. Para calmarse, inició una búsqueda infructuosa y llena de incertidumbre. Estuvo vagando por la tierra durante más de nueve días y nueve noches, y en sus manos llevaba dos antorchas encendidas. No se concedía descanso ni refrigerio alguno hasta que, por fin, y a punto ya de desfallecer, se encontró con la titánide Hécate que también había oído el desgarrador grito de Perséfone y, aunque no pudo identificar a su raptor, sin embargo, le manifestó a Deméter que la cabeza de éste se hallaba cubierta por oscuras sombras. Un dato tan significativo era suficiente para alertar a la diosa. No obstante, decidió consultar a Helios, el dios Sol, que, desde su altura, lo veía todo. Éste le confirmó sus sospechas: el ladrón de su hija había sido Hades, el

Rapto de Proserpina
Rembrandt

dios de la oscuridad y de las tinieblas insondables del abismo.
En otra versión de la historia, Proserpina comía sólo cuatro semillas de granada durante su rapto, y lo hacía por propia voluntad. Cuando Júpiter le ordenaba regresar, Plutón hacía un trato con él, diciendo que como Proserpina había robado sus semillas de granada, debía permanecer cuatro meses con él cada año en compensación. Por esta razón, en primavera cuando Ceres recibía a su hija, las cosechas brotaban y en verano florecían. En el otoño Ceres cambiaba las hojas a tonos de marrón y naranja (sus colores favoritos) como regalo para Proserpina antes de que volviese al inframundo. Durante la época en la que ésta vivía con Plutón, el mundo pasaba el invierno, una época en la que tierra era estéril.

Explica Homero los que vio Helios. Perséfone estaba en un lugar paradisíaco y bucólico, acompañada

El regreso de Perséfone
Frederic Leighton (1891)

por hermosas ninfas que se entretenía en recoger flores silvestres que crecían entre la hierba espesa de las verdes laderas de Sicilia. En esto, descubrió un narciso, cuyo olor y colorido le atrajo de inmediato; en cuanto se agachó para acariciarlo cedió la tierra bajo sus delicados pies y se formó un enorme agujero del que emergió la figura de Hades, el dios del Tártaro y del abismo. Enseguida sujetó a Perséfone y la introdujo en sus dominios subterráneos, mientras que la infeliz muchacha sólo tuvo tiempo de gritar y llamar a su madre.

Desde entonces Deméter será considerada una viajera infatigable porque recorrió el mundo entero en busca de su hija Perséfone. Algunas versiones de los hechos, afirman que todo comenzó cuando Afrodita pidió a Eros que lanzara una de sus flechas a Hades. Ocurriera esta petición o no, el caso es que el dios de los infiernos acaba raptando a Perséfone.

Por su parte, Deméter acaba descubriedo la confabulación que se había formado para raptar a su

Rapto de Proserpina
Luca Giordano

hija y en cuanto supo que el fatídico narciso lo había puesto allí Gea, es decir la Tierra, porque así lo había ordenado Zeus, se negó a vivir en el Olimpo y exigió la liberación inmediata de su amada hija. El desconsuelo de la diosa era tal que el propio Zeus mandó emisarios para que regresara con los demás dioses, pues temía que la raza humana sucumbiera y se extinguiera, puesto que todo fruto se había secado y la tierra permanecía improductiva. Primero fue Iris, la más veloz de entre los mensajeros de Zeus y, a continuación, fueron en busca de Deméter todos los demás dioses. Pero ella se niega a bendecir la tierra mientras no esté a su lado Perséfone. Fue entonces cuando Hermes, el mejor mensajero de los dios, baja al Tártaro a pedirle a Hades que la libere. Más el astuto rey de las sombras le ofrece a su amada un grano del fruto del granado, que simboliza la unión indestructible por el Perséfone quedará ligada para siempre a las moradas subterráneas y a su dueño.

Desde entonces, se establece que durante seis meses la muchacha vivirá con Hades, mientras que otros seis meses deberá pasarlos con su madre en el idílico Olimpo. Deméter acaba aceptanco y, por fin, queda resuelto el asunto. Ya antes, Hades se había encargado de poner a disposición de Perséfone todos los bienes del Tártaro: “Aquí tú serás la dueña de todo cuanto vive, de todo cuanto se arrastra por el suelo. Tú obtendrás entre los inmortales los mayores honores. En cuanto a los hombres que hayan vivido en la injusticia, encontrarán aquí su castigo de todos los días, al menos aquellos que no aplaquen tu cólera mediante sacrificios y santas prácticas.”

Ahí termina el relato de lo ocurrido en el Olimpo, sin embargo, Deméter recorrió un largo camino fuera de la idílica morada de los dioses en busca de su hija. De hecho, antes de encontrarla vivió distintos avatares entre los mortales que aún perduran entre los recuerdos de la narrativa popular. Cuentan que Deméter ya había recorrido un largo camino, cuando decidió sentarse a descansar a la vera de un sendero angosto que cruzaba la región de Eleusis. Apoyada sobre una piedra tosca, reflexionaba la diosa acerca de su infortunio, pues aún no había hallado ni rastro de su hija, cuando una muchacha, que venía de recoger agua del cercano pozo que allí mismo manaba, se acercó a ella con la sana intención de ayudarla. Ya que el aspecto avejentado de Deméter no arredró a la noble hija del rey Celeo, que gobernaba en el Ática. La muchacha rogó a la diosa que le contara su infortunio. Deméter dio rienda suelta a su imaginación y se dispuso a explicar a su joven interlocutora todas las cuitas y avatares que pudo imaginarse en aquellos momentos. Y, así, contó que había sido abandonada por unos piratas que arribaron a las costas del Ática y que la crueldad de estos malhechores no tenía límites, pues anteriormente la habían raptado y apartado de los suyos.

Por esto, se encontraba tan maltrecha y desesperada, que se atrevía a recabar de la joven ayuda material. Necesitaba hallar un trabajo en el palacio de su padre, bien fuera de nodriza, de niñera o de criada, pues conocía todas las labores propias de las mujeres experimentadas del Ática. La hija del rey Celeo intercedió ante su buen padre y, de este modo, tuvo Deméter oportunidad de mostrar sus cualidades y poderes en la corte.

Cuentan las crónicas de los cantores de mitos que en cuanto la misteriosa viajera se encontró socorrida por el rey de Eleusis y los suyos, olvidó con premura sus cotidianos sufrimientos y, al menos durante un tiempo prudencial, desechó aquella amargura que antaño la embargara. Ya no se acordaba de cuando se hallaba “recostada en una piedra de un desconocido camino, con su corazón desgarrado por el dolor, cerca de una fuente de aguas cristalinas, a la sombra de un espeso olivo que la cubría con sus ramas.”

A la misteriosa viajera se le encomendó el cuidado de un niño pequeño, Demofonte, hijo de Celeo y de su esposa Metanira. La criatura no gozaba de buena salud, por lo que tenía profundamente apenados y preocupados a sus padres; éstos habían recurrido a los más afamados curanderos de todos los países, en demanda de ayuda para su delicado niño y, hasta entonces, todo había resultado inútil. Ningún remedio había sido hallado aún para contrarrestar la enfermedad o el mal padecidos por él.

Mas en cuanto Deméter se constituye en su nodriza y protectora todo cambia radicalmente. Y es que la diosa, agradecida por la hospitalidad de sus anfitriones, quiere devolverles con creces el favor y las atenciones que la han dispensado. Para ello, amamanta al niño con ambrosía, el manjar con miel de los dioses, lo mecerá en su acogedor regazo y lo cubrirá de su curativo aliento. Intentará, también, hacerlo inmortal e inmune al dolor y la miseria de los humanos; más, a punto ya de lograrlo, sucedió lo irreparable.

El ritual para obtener la inmortalidad consistía en que cada noche, después de que todos los servidores del palacio de Celeo se retiraran a sus respectivos aposentos, la diosa cogía al pequeño con ternura y lo tendía sobre el rescoldo de una lumbre que ella misma había encendido. Pero Metanira, que ya con anterioridad se había sorprendido ante el aluvión de luz que inundara el palacio, debido a la presencia de la mujer misteriosa que siempre se cubría el rostro con un velo, siguió a Deméter hasta el lugar en el que la diosa se disponía a iniciar como cada noche su ritual.

Observó con gran temor el modo cómo la diosa depositaba a su delicado hijo entre las llamas de una hoguera y huyó, al punto, despavorida. Los gritos de la madre asustaron a Deméter y, en aquel

Ceres (Deméter), alegoría de Agosto:
detalle de un fresco de Cosimo Tura,
Palazzo Schifanoia, Ferrara, 1469-70.

mismo momento, la diosa descubrió su identidad, en un intento de tranquilizarla. Sin embargo, todo el encantamiento quedó roto y Deméter no pudo darle la inmortalidad. Entonces decidió enseñarle una manera de atraer hacia él las miradas y el agradecimiento de los demás mortales. Todas las artes de la siembra, la siega y la recogida de los frutos de la cosecha, le fueron enseñados a Demofonte por la agradecida diosa. También le regaló un hermoso carro, cuyos corceles eran dragones de enormes dimensiones, con el que se podía viajar a los diferentes lugares y rincones del mundo con el fin de enseñar a todos los humanos los métodos más idóneos para labrar y sembrar la tierra, y producir frutos sanos y copiosos. Y, desde entonces, comienzan a utilizarse instrumentos como el arado.
Atribuyeron a Ceres el descubrimiento de deletreado (deletreado) trigo (latín lejos), el yoking de bueyes y arar, la siembra, protección y nutrición de la semilla joven y el regalo de la agricultura a la especie humana; antes de esto, se dijo, el hombre había subsistido en bellotas y había vagado sin establecimiento o leyes. Tenía el poder de fertilizar, multiplicarse y semilla vegetal y animal fructify, y sus leyes y ritos protegieron todas las actividades del ciclo agrícola. En enero, ofrecieron a Ceres el trigo deletreado y una cerda embarazada, junto con la diosa de la tierra Tellus (Madre de Terra) en la Feria movible (Feria) Sementivae e (Sementivae). Esto casi seguramente se sostuvo antes de la siembra anual del grano. La parte divina del sacrificio era las entrañas (exta (Glosario de religión romana antigua)) presentado en un tarro de loza (olla (Olla (pote romano))). En un contexto rural, Cato el Mayor describe la oferta a Ceres de un porca praecidanea (un cerdo, ofrecido antes de la siembra). Antes de la cosecha, le ofrecieron una muestra del grano propitiary (praementium). Ovid dice que Ceres “está contento con poco, a condición de que sus ofrecimientos sean casta (Glosario de religión romana antigua)
Pero además Deméter protagonizó otras muchas narraciones ocurridas en la tierra. Entre ellas podría destacarse, por ejemplo, el castigo que infligió a un hijo del rey de Tesalia, llamado

Baco, Ceres y Cupido
Hans von Aachen,1600

Erisictión, por talar un bosque que ella le había avisado que era sagrado. Erisictión, temido entre sus súbditos y allegados a causa de sus modos violentos e intemperantes, desoyó también el mandato de la diosa seguro de su violento proceder. El castigo que le sobrevino fue de tan sutil naturaleza que sólo una deidad como Deméter pudo haberlo ideado e infligido. La diosa Deméter le
condenó a tener, continuamente, un hambre tal que ningún alimento pudiera saciarle. Había gastado todo su patrimonio en comida, pero no se había saciado. Antes bien, seguía ansioso por comer cuanto caía en sus fauces; más que comer, devoraba alimentos. Estos escaseaban ya de tal manera que su propia hija, al verle mendigar y pedir alimentos, decidió recurrir al poder de transformarse en esclava, que le había concedido su antiguo amante Poseidón. De este modo, Erisictión pudo sacar beneficios de la venta intermitente de su hija. Mas todos los esfuerzos resultaron inútiles, pues, al final, aquél terminó, en un arrebato de locura, devorándose a sí mismo.

Comparte!

Heracles del nombre de la diosa Hēra, y kleos: ‘gloria’ es decir ‘gloria de Hera’ es un héroe de la mitología griega. Era considerado hijo de Zeus y Alcmena, una reina mortal, hijo adoptivo de Anfitrión y nieto de Perseo por la línea materna. Recibió al nacer el nombre de Alceo o Alcides, en honor a su abuelo Alceo . Fue en su edad adulta cuando recibió el nombre con que se lo conoce, impuesto por Apolo, a través de la Pitia, para indicar su condición de servidor de la diosa Hera. En Roma, así como en Europa Occidental, es más conocido como Hércules y algunos emperadores romanos ―entre ellos Cómodo y Maximiano― se identificaron con su figura.
Es hijo de Zeus (inmortal) y de Alcmena (mortal). Otra vez representa el fruto del espíritu hendiendo con su impulso la materia –de forma análoga al origen del cosmos–. Zeus anuncia que ha

Alcmena y Zeus

engendrado a Hércules ante el consejo de los dioses olímpicos. Pero Hera, su esposa celeste, símbolo de la Ley, decide que sólo podrá estar entre los inmortales si supera todas las pruebas que le envíe. Recorreremos el mito de Hércules atendiendo a algunas de sus claves simbólicas y éticas.

Píndaro nos narra que, al terminar su adolescencia, tras todas las pericias de sus primeros años, Radamantis, uno de los jueces del Hades, le plantea la que podemos llamar su primera gran prueba, la prueba de la elección: puede optar por una vida de placer y deseo o volcar esa imparable energía que lo desborda en trabajar por la virtud y el bien de la Humanidad. La elección no es fácil. Es la encrucijada que se bifurca ante nosotros día tras día. Heracles –gloria de Hera– elige el estrecho y escarpado sendero de la conquista de la virtud y comienza una serie de doce pruebas –en una clave, el paso del sol por las doce constelaciones del zodíaco– que le prepara Hera para lograr su inmortalidad consciente.

Las tres primeras pruebas: enfrentar nuestros defectos

El León de Nemea
En la primera prueba, Heracles debe acabar con un descomunal león que asola la región de Nemea.

Hércules lucha con el León de Nemea
Francisco de Zurbarán, 1634
Museo del Prado, Madrid, España

Pero la bestia lo rehúye, pues su guarida tiene dos salidas. Nuestro héroe bloquea una de ellas y lo fuerza a la lucha.
Ninguna de sus armas hace mella sobre la bestia y, en una acción desesperada, agarra las fauces y
logra ahogarlo con sus propias manos. Vencer al león es vencer la propia violencia del orgullo. Contra el león, que no es más que la sombra del héroe, no caben ayudas, sino que cada uno debe recurrir a lo mejor de sí mismo. Sin humildad no se puede empezar a recorrer el camino de la conquista de la virtud.

La hidra de Lerma
Heracles tiene que luchar contra la hidra de Lerma en su húmeda caverna, serpiente monstruosa de siete o nueve cabezas, según diferentes versiones. El aliento de este ser es letal y debe

Heracles y la Hidra de Lerna
(1876)Gustave Moreau

aproximarse conteniendo su respiración. La hidra lo acomete con sus múltiples cabezas y el héroe se enzarza en medio de ellas. Pero, cada vez que logra cortar una, de la misma vuelven a brotar otras dos con renovada furia. Al límite de la situación, coge una antorcha y quema los cortes que realiza.
Se trata de limpiar con fuego, de purificarnos realmente de aquellos rencores, rencillas y vanidades que, tras efímeras victorias, vuelven a surgir bajo nuevas formas con renovada fuerza, y que son verdaderos obstáculos en el camino del que quiere conquistarse a sí mismo.

Las aves del lago Estínfalo
En la tercera prueba se enfrenta a las aves del lago Estínfalo. Estas se ocultan en un frondoso bosque, en la ribera del lago, tras perpetrar todas sus tropelías durante el día. Heracles se

Hércules mata a las aves de Estinfalo.
1500. Temple sobre lienzo. 87 x 100 cm.
Nuremberg, Germanisches Nationalmuseun

adentra en la espesura, pero dirigiendo su arco no consigue apuntar a presa alguna, pues se confunden totalmente con el ramaje. El héroe solicita ayuda a Atenea –la diosa de la sabiduría y de la guerra inteligente–. Es la mente superior que discierne y que se mantiene serena y con perspectiva ante cualquier dificultad. Esta le entrega unos címbalos de bronce. Heracles sube a un promontorio y hace sonar las agudas notas del instrumento metálico. Ante ese sonido, las aves salen de su escondite y se tornan blanco fácil para los dardos de Heracles.

A veces, tenemos que enfrentar defectos que no vemos como tales. Están adheridos, agazapados, como las aves en nuestro bosque personal. Así, lo que pensamos que es nuestro temperamento, por ejemplo, visto desde fuera puede ser un mal genio insoportable para los que han de convivir con nosotros. La capacidad de reflexión profunda hace vibrar la nota que nos despierta a la visión de todo aquello con lo que nos identificamos y que no nos pertenece realmente.

Si miramos en conjunto estas tres primeras pruebas del héroe, vemos que las tres tratan de cortar sin piedad todo aquellos defectos que nos limitan, empezando por el orgullo, siguiendo con

Lucha de Hercules con el jabalí de Erimanto
Zurbarán, Francisco de

rencores y envidias y acabando por aquello que pueden parecer virtudes pero son por igual limitaciones.

Las siguientes tres pruebas: desarrollar las virtudes

Las tres pruebas siguientes también tienen lugar en el Peloponeso, en el terreno cercano del individuo, en nuestro propio interior, pero ahora no se trata de matar, sino de apresar; ahora ya no hablaremos de defectos y limitaciones, sino de virtudes que requieren de la misma determinación de conquista.

El jabalí de Erimanto
En la cuarta prueba, Heracles debe apresar al jabalí de Erimanto, prueba no solo de astucia, sino también de desarrollar la virtud de la resistencia.

La cierva Cerinia
En la quinta prueba, debe capturar a la bella cierva de astas doradas que habita en la montañas Cerinas, consagrada a la diosa de la pureza salvaje, Artemisa. Nadie podía herirla para no

Hercules y la cierva Cerinia

despertar la ira de la diosa. Se transforma en una dura prueba de constancia y perseverancia, pues tras largos días persiguiendo los fugaces rastros del veloz animal, no consigue avistarla nunca.

Son los sueños que siempre se nos escapan, esas altas metas que perseguimos y que tanto nos cuestan, pero que, como esta cierva, dejan una huella aquí, una rama quebrada allá, para mantener nuestra esperanza. La caza sigue durante casi un año, pero, finalmente, cuando vadeaba un río crecido, logra trabar sus dos patas delanteras con una flecha por sus pezuñas, no derramando así una gota de su sangre.

El toro de Creta
El héroe tenía que domesticar el toro que Poseidón entregó al rey Minos de Creta. En una clave, la

Heracles lucha contra el Toro de Creta
Zurbarán

cólera, que reencaminada hacia la conquista de uno mismo, se convierte en una gran arma.

El siguiente ciclo de tres pruebas: la lucha por la Humanidad

Una vez completada esa instrucción individual en la primera mitad del ciclo, Heracles ha madurado y se encuentra preparado para enfrentar las tres pruebas siguientes, que nos narran las relaciones hombre-sociedad. Heracles se va a alejar de su tierra natal y va a encontrarse con soberanos en cuyos reinos se plantean problemas que incumben a colectivos y pueblos enteros. Parece ser que el desarrollo de lo humano tiene una primera parte de trabajo individual –acabar con defectos y desarrollar virtudes–, pero el desarrollo humano, inevitablemente, pasa por luchar por el desarrollo de la Humanidad, trascendiendo así el propio progreso individual. Nunca hubo héroe que se apartara de los problemas sociales. Se trata de revivir esa memoria colectiva de aquella mítica “Edad de Oro”, donde no hay injusticias ni penurias, que es el corazón de mitos tan importantes como “La saga del rey Arturo”. Según los mitos, forma parte del destino de la Humanidad no solo el poder lograr la perfección en lo individual, sino también en lo colectivo.

Los establos del rey Augias
Su séptima prueba le lleva a la región de Elea. El rey Augias gozaba de la posesión de unos

Hercules desvía el curso del río Alfeo
Zurbarán

rebaños magníficos, pero la suciedad se había acumulado en los mismos desde hacía 30 años. Por si fuera poco, se le pide al héroe no solo que los limpie, sino que debe realizar la prueba antes de que se ponga el Padre Sol en el horizonte. Ante la dificultad, Heracles idea un plan. Solicitando el permiso previo a los respectivos genios tutelares, desvía y une en un mismo caudal los ríos Alfeo y Peneo, haciendo que sus aguas irrumpan en el establo y se lleven hasta el mar aquel montón de inmundicia.

Esta prueba nos habla de la necesaria renovación periódica para poder avanzar en la vida. Es muy difícil avanzar en el camino hacia uno mismo si no vamos dejando atrás todo aquello que ya no nos sirve, dolores del pasado, situaciones que no acabamos de resolver y traban nuestros pies. Por algo la serpiente, un animal que periódicamente se desliza entre dos piedras para dejar su vieja piel atrás, es un símbolo de sabiduría.

Las yeguas del rey Diomedes
Para su octava prueba Heracles es enviado hacia el norte. Diomedes, rey de los tracios, tras una inicial hospitalidad hacia los viajeros que llegan a sus tierras, lo que hace finalmente es

Les chavaux de diomedes
Gustave Moreau

asesinarlos y entregarlos a unas yeguas que se habían convertido en devoradoras de carne humana. La imagen de un animal naturalmente noble y solar como es el caballo cometiendo ese horrible acto nos habla de una grave trasgresión. Heracles se da cuenta de la situación y su tarea es restituir la justicia, el orden natural. Heracles enfrenta a Diomedes en una llanura. Tras vencerlo en la batalla, hace que este rey cruel sufra la injusticia que había realizado sobre tantos hombres, saciando con él a sus yeguas.

Con ello, las yeguas recuperan su manso comportamiento. Ésa es la fuerza de las imágenes míticas. Pasados miles de años, su mensaje sigue siendo actual. Como Heracles, hay que permanecer siempre atentos para, astutamente, no dejarnos engañar por los Diomedes que corren por el mundo. Es importante que deudas y compromisos innecesarios o injustos no nos aparten de nuestros sueños del alma. También hay que saber ver el Diomedes que llevamos con nosotros y estar atentos a refrenar esa crueldad que causa dolor, consciente o inconscientemente. Un ejemplo claro lo encontramos en las punzantes críticas injustas. Como el rey, no sabemos el daño que hacen hasta que no las sentimos en nuestras propias carnes.

El cinturón de Hipólita
Para la novena prueba Heracles reúne una expedición, poniéndose al mando de la misma, y se dirige hacía la región de las costas del mar Negro, al territorio inhóspito de los escitas. Allí tienen

El combate de las amazonas
Rubens,1619(Alte Pinakothek, Múnich).

su reino las legendarias amazonas, hijas de Ares, unas invencibles guerreras cuya sociedad estaba constituida splo por mujeres. Diestras en el manejo del labris o hacha de doble filo y en el arco, su espíritu belicoso hace que sean una constante amenaza para las ciudades de la Hélade. La prueba que se le encarga a Heracles consiste en conseguir el mismísimo cinturón de su reina, Hipólita. El cinturón que porta es, desde tiempos inmemoriales, un símbolo de unión y poder para todo su pueblo.

Heracles, en lugar de presentar una batalla frontal, lo que hace es recibir cortésmente a la comitiva de la reina. Lo que parecía imposible se produce: Hipólita se rinde ante los halagos y admiraciones que le brinda el héroe. La indómita reina le corresponde regalándole, a su petición, el famoso cinturón. Ante esta fácil victoria, la diosa Hera no se resigna y, disfrazada de amazona, hace correr el rumor de que Heracles quiere secuestrar a la reina. De esta manera, las instiga a entrar en batalla. Toman las armas y se lanzan al combate, pero sin la unión, que ya no les proporciona su reina. Debilitada con la pérdida de su simbólico cinturón, su ataque es desordenado y son vencidas por Heracles.

La lección, aquí, es claramente estratégica: tratar de tener astucia y flexibilidad a la hora de resolver los obstáculos. Cuando encontramos una pared vertical delante de nosotros, hay que ver si en lugar de intentar derribarla se puede sortear de algún modo. En un ejemplo diario, ¡cuántas veces podríamos evitar un enfrentamiento si buscáramos el lado amable del otro! La diplomacia es la mejor de las estrategias: lograr lo que se quiere sin herir a los que nos rodean. Las tres últimas grandes pruebas de Heracles significan viajes a lugares remotos, fuera del tiempo y del espacio conocido. Se trata de pruebas con un carácter marcadamente iniciático; son las últimas y más duras del camino. Superando a Heracles individuo, se canalizan elementos civilizadores y fuerzas que atañen a la evolución de la Humanidad en conjunto.

El héroe, en este punto del camino, ha superado grandes pruebas y se ha ido preparando mágicamente para este ciclo final con las armas de todas las virtudes conquistadas: humildad, pureza, prudencia, perseverancia, templanza, fortaleza o valor, capacidad de renovación o entusiasmo, justicia y diplomacia.

El descenso a los infiernos
En su décima prueba debe descender a ese misterioso mundo del Hades, el reino bajo tierra de los muertos. Allí ha de capturar a aquel que guarda sus puertas fieramente, un perro feroz, un terrible ser dotado de tres cabezas. El mito nos relata que Heracles lo hace bajo el amparo, de nuevo, de la diosa Atenea y teniendo como guía al mismo Hermes. Se trata de encarar, en una clave, ese lado oscuro que subyace de forma más profunda en el ser humano. Se trata de enfrentar esos miedos más profundos y lograr una verdadera transformación.

De nuevo, nuestro héroe ha de luchar con sus manos desnudas y solo contra la bestia; ningún ser

Hércules y el Cancerbero
Zurbarán

mortal o inmortal puede hacerlo por él. Vence y lleva a Cerbero, amarrándolo por su cola, hasta la luz del día. Vencer al que custodia esa frontera del Hades y controla su paso da la idea, simbólicamente, del dominio y el poder para entrar y salir libremente de esa región de lo invisible. Esta victoria es, en una clave, una victoria sobre la muerte.

A nuestra escala, todos nosotros tenemos ese Hades particular, regiones que preferimos no visitar, verdades que, cuando aparecen en una conversación, desviamos casi mecánicamente, por el dolor que nos producen. Porque sabemos que mejor que estén de momento bien enterradas, como hace Heracles en su camino de preparación. La idea es, precisamente, ir cogiendo fuerzas. Primero hemos de liquidar a unos cuantos leones e hidras, hemos de dar nuestro esfuerzo y crecer en muchas pruebas cotidianas para enfrentar y sacar a la luz nuestro Cerbero.

Los bueyes de Gerión
Heracles, tras ese segundo nacimiento en vida tras su ascenso desde el Hades, enfrenta su siguiente destino. Se trata de la captura de los bueyes de Gerión. En esta prueba el héroe se

Torre de Hercules
Laura Mendez Caraban

dirige hacia el occidente, hacia el último confín del mar conocido. Allí ha de encontrar la isla de Eritia. Una vez allí, Heracles lucha contra el gigante Gerión, un ser con tres cuerpos unidos por la cintura, pero uno tras otro caen bajo su poderosa maza. Tras su victoria, sube a los bueyes en la mágica copa que le había dejado el dios Helios para llegar hasta la isla a través del océano, y se dispone a realizar el regreso.

El viaje de vuelta a Grecia le llevará a las tierras de Hispania, Marsilia, Liguria y también por los territorios de los pueblos etruscos en Italia. Tenemos ante nosotros un viaje de duración considerable en que la verdadera prueba es la custodia de los bueyes durante ese tan largo recorrido. El guerrero, en esta ocasión, no solo lucha; también vela por lo conseguido y lo protege. Ahora el regreso exige responsabilidad, dedicación hasta que, finalmente, Heracles ofrende esos bueyes en Grecia en el sagrado altar de Hera. Vencer es importante; para ello se precisa de perseverancia, como cuando se enfrentó con la cierva Cerina, pero ¡qué difícil es transformar los éxitos iniciales en una verdadera victoria! Vencido Gerión, ¡qué largo trecho hay que recorrer para consumar todavía la prueba!

Las manzanas del Jardín de las Hespérides
Heracles, ahora, se enfrenta a su última prueba, la que cierra un ciclo completo. Penetramos ahora en una dimensión más allá de lo estrictamente personal, donde todo se magnifica por la entidad y simbolismo de los seres que va a ir encontrando en este viaje, que va a hablar de claves de la propia evolución colectiva de la Humanidad. Heracles debe conseguir traer a Grecia unas manzanas

El jardín de las Hespérides
Frederic Leighton (1892).

de oro. ¿Cuántas? Pues, de nuevo, en esta última parte aparece ese número tres. Tres eran las cabezas de Cerbero, tres, los cuerpos de Gerión, y son ahora también tres las manzanas de las ninfas de las Hespérides. El tres es símbolo de lo elevado. El acceso al tres es la conquista de ese hombre interno que late en potencia en nosotros.

Las manzanas son el fruto de un preciado árbol, pero Heracles, en esta ocasión, no sabe qué dirección tomar. Diversas fuentes nos hablan, por un lado, de un largo viaje en el que se dirige a los territorios hiperbóreos, o sea, más allá del norte conocido. Otros sitúan su destino en la región de Atlas. Mas el árbol crecería en un lugar fuera de las coordenadas convencionales, en el mismo jardín de Hera, custodiadas por un formidable guardián, un enorme dragón alado llamado Ladón. Este permanece enroscado al tronco y nunca duerme.

En el camino hacia el jardín de Hera encontrará al gran titán Prometeo, encadenado y víctima del suplicio al que le somete el águila del padre Zeus, que devora día tras día sus entrañas. ¿La causa de tal sufrimiento? Haber dado el fuego de los dioses, la chispa de la conciencia, a los efímeros humanos. Heracles, conmovido ante el dolor y sacrificio del titán, aplasta a aquella ave y libera a Prometeo. Una profunda clave nos hablaría del justo relevo que un día la Humanidad, simbolizada en Heracles, debería ofrecer al piadoso titán, que un día nos regaló la semilla de toda ciencia, arte y mística.

Prometeo, agradecido, lo dirige a quien finalmente le puede ayudar en su búsqueda: el otro titán, Atlas, que sostiene sobre sus hombros el peso del mundo. Finalmente, Heracles vence al dragón, y los tres frutos áureos son la prueba final ante su madre Hera. Pero cuenta el mito que Atenea se encarga de recogerlas y de restituirlas de nuevo a aquel jardín. El héroe nos ha señalado el camino hacia la inmortalidad. Ahora las manzanas vuelven a estar en su lugar original para ser tomadas por el siguiente héroe que se atreva a recorrer dicho sendero. Heracles no nos puede salvar, ningún dios nos puede salvar de nosotros mismos. Su ejemplo nos muestra el camino que hemos de seguir por nuestra propia voluntad. Esta es una gran enseñanza.

Es así como Hera, esa dama del compromiso, cumple la palabra empeñada y admite a Heracles como nuevo dios por legítimo derecho, por cumplir con sus trabajos. Ha aceptado las pruebas y se ha unido a lo más profundo de su alma de forma indisoluble. Hera también entrega a Heracles, en su ascenso al Olimpo, la mano de su hija Hebe, la bella de las sandalias doradas, aquella que por su pureza escancia la ambrosía en los banquetes de los dioses. Hebe es la eterna juventud. Heracles, finalmente, ha conquistado la inmortalidad consciente.

La Muerte de Heracles
Dayanira se abandona a una intensa amargura. Después se acuerda: el centauro Neso le dio un filtro

Hercules Muere

de amor que le devolvería el afecto de su marido. Sólo le falta encontrar la ocasión propicia para emplearlo, sin que el héroe se de cuenta.
La oportunidad esperada llega súbitamente, con un mensaje de Hércules: éste pide a su mujer que le envié una vestimenta nueva, para usarla en la ceremonia de consagración de un gran altar a Júpiter.
En la túnica sin usar, Dayanira restrega la mágica poción que le ofreciera Neso. Después manda la ropa al marido distante. Y se queda, ansiosa, esperando que él regrese, vibrante de amor.
Sin desconfiar de nada, Hércules al recibir la nueva túnica, se la pone. Es el principio del fin. A medida que tela se adhiere al cuerpo del héroe, el veneno de Neso penetra en la piel. (No era un filtro de amor lo que el centauro vengativo había entregado a Dayanira. Era su propia muerte.)
Enloquecido de dolor, Hércules intenta arrancarse la ropa embrujada. Pero al rasgar la tela, rasga también su propia piel. La carne se despedaza con la ropa envenenada. Un fuego terrible le devora las entrañas.
Ardiendo y gritando el héroe es llevado ante la presencia de Dayanira. La visión de su sufrimiento

Hercules en la pira

la hiere con insoportable violencia. La mujer se suicida.
Hércules agoniza, lentamente en medio del fuego y el dolor. Tiene todavía un momento de lucidez: entonces suplica a su hijo Hilo que despose a Iole y la ampare por el resto de su vida.
Después pide que alguien encienda una hoguera: su última voluntad es apresurar en las llamas el final de ese incendio invisible que lo destruye por dentro.
Nadie quiere escucharlo. El héroe implora. Finalmente Peán, padre de su amigo Filoctetes, o este mismo, según otra versión, se compadece de él. Y enciende la pira en la plaza, ante los ojos perplejos de la multitud.
Sin un solo gemido, Hércules se arroja a las llamas. Un trueno hiende el espacio en ese instante. Desde el fuego, el héroe sube al cielo en una nube.
Lo reciben los dioses del Olimpo, con el poderos Júpiter al frente: el padre le entrega como premio la inmortalidad, y la mano de la delicada Hebe (la Juventud), diosa de la adolescencia y la pubertad, como esposa divina. La celosa Juno olvida la vieja enemistad y le ofrece su cariño maternal.
La locura de Heracles ha terminado. Está cumplido su destino. Están firmemente perdonadas sus faltas para siempre.

Heracles como modelo humano

Podemos trasladar el mito a cada uno de nuestros corazones y sentir que somos inmortales, que hay una juventud de alma que no se afecta por el paso de los años si mantenemos encendido nuestro fuego, si tenemos a Hebe a nuestro lado. No apagar ese fuego es no apagar nuestros sueños.

En cada uno de nosotros existe esa región escarpada y fuera de todo lugar físico, un recóndito valle donde crece un árbol. Todos tenemos esas manzanas doradas esperando su caballero. Todos tenemos un héroe dentro y un olivo a mano al cual arrancarle una rama para construir con ella nuestra propia maza. Un arma mágica modelada con la propia voluntad. Existe un espíritu de victoria, una actitud heroica, que no depende de las circunstancias. Lo importante no son los avatares que la vida nos ponga delante, sino cómo nosotros afrontamos esas dificultades, no dando nunca la espalda a nuestro más profundo deber humano: luchar hacia fuera y, sobre todo, hacia dentro de nosotros mismos, transformando el plomo de los defectos en el oro de las virtudes.

Los mitos heroicos siempre acompañarán a la Humanidad, porque recrean en lenguaje simbólico nuestros propios paisajes internos, nuestro sino. Todos los seres humanos poseemos una fuerza que nos hace buscar los eternos ideales y nuestra propia perfección. Los personajes de cómic como un “Supermán”, las sagas cinematográficas como “La guerra de las galaxias”, las novelas policíacas o las obras literarias fantásticas como “El señor de los anillos” son solo una versión moderna de los antiguos héroes mitológicos.

El valor trascendente de los mitos

Mientras haya seres humanos, habrá mitos. Los mitos no constituyen un lenguaje opuesto a la razón, sino complementario. Todas las mitologías, tanto modernas como tradicionales, logran sacarnos del tiempo monótono e intrascendente de lo cotidiano y nos llevan al tiempo y al espacio de las realidades trascendentes. El misterio de la creación, el destino, la naturaleza humana, constituyen sus temas centrales. Los mitos no son irracionales, son pararracionales; no están por debajo de la razón, están más allá de la razón.
Todos los creadores saben que la inspiración es un misterio. Por mucho que se haya trabajado, a veces viene y a veces no. ¿Puede haber una imagen más bella que la de las musas griegas hablando al oído a los artistas?

¿Alguien puede explicar por qué una persona muere en un determinado momento y no en otro?¿Hay alguna imagen más certera que la de la vieja parca Átropos –la inflexible– con sus tijeras, con su ovillo de hilo y con su libro registrando el destino de los mortales, esperando el momento adecuado para ejecutar el corte? El momento exacto de la muerte es un misterio que se nos escapa.

¿Por qué nos enamoramos de una persona y no de otra? Se nos escapa. ¿Puede haber una imagen más bella que Cupido lanzando flechas de oro, plata o bronce? A esta dimensión de la realidad, que escapa a nuestra razón y a las explicaciones lineales de la vida, se refieren los mitos.

Necesitamos conocer nuestro origen y nuestro destino. Necesitamos conocer cuál es nuestro papel en este inmenso universo del que formamos parte, en nuestro planeta, en nuestras sociedades, en
nuestro entorno. Por eso hacemos ciencia, y por eso hacemos arte, y por eso levantamos templos, y por eso nos entusiasman los mitos, porque nos llevan a esa dimensión de lo primordial, de lo esencial que tanto necesitamos.

Cuando los antiguos mitos decían con una gran profundidad y belleza que los seres humanos estamos hechos de barro y de una gota de la sangre de los dioses, no mentían. Expresaban en lenguaje simbólico una gran verdad. Una parte del ser humano es temporal y se alimenta de lo temporal, y una parte del ser humano es atemporal y se alimenta de lo atemporal. Los mitos no son mentiras, son verdades que nos hablan de la dimensión atemporal del hombre y, al mismo tiempo, nos llevan a ella. En la medida en que despertemos a nuestro héroe interior, pasaremos de habitar el tiempo a rozar la eternidad

Comparte!

Era la primogénita de los titanes Crono y Rea, y la primera en ser devorada por su padre al nacer. Tras la guerra contra los Titanes, Hestia fue cortejada por Poseidón y por Apolo, pero juró sobre la cabeza de Zeus que permanecería siempre virgen, a lo que el rey de los dioses correspondió cediéndole los lugares preeminentes de todas las casas y la primera víctima de todos los
sacrificios públicos, por evitar con su negativa una primera disputa entre los dioses.
Hestia era venerada en banquetes, casi siempre en primer lugar, y en su nombre se sacrificaba terneras menores de un año de edad para honrar su virginidad.

Entre las principales ocupaciones de Hestia destacaban: promover la felicidad entre los cónyuges y la armonía dentro de la familia; protección de altares, de palacios gubernamentales y de estados; era la responsable de la armonía y de la felicidad de los ciudadanos; y se ocupaba de la protección del universo entero.

Como diosa del hogar y la familia, Hestia apenas salía del Olimpo, y nunca se inmiscuía en las disputas de los dioses y los hombres, por lo que paradójicamente pocas veces aparece en los relatos mitológicos a pesar de ser una de las principales diosas de la religión griega y, posteriormente, romana. Muestra de esta importancia es el hecho de que Hestia era la primera a quien se le hacían las ofrendas en los banquetes, antes incluso que a Zeus. Se le solían

Tiziano. Una alegoría, quizás del Matrimonio, con Vesta e Hymen
como protectores y consejeros de la unión de Venus y Marte

sacrificar terneras de menos de un año, aludiendo a su virginidad. Ovidio narra una escena en la que Príapo, borracho, había intentado violar a Hestia en una fiesta a la que habían acudido todos los dioses y tras la cual se habían quedado dormidos. El rebuzno del asno de Sileno despertó a la diosa justo cuando su agresor se abalanzaba sobre ella, dándole el tiempo suficiente para huir despavorida originando una situación bastante cómica. Sin embargo, es posible que esta historia sea una deformación latina posterior de una escena protagonizada por la ninfa Lotis. La escena también cuenta que en lugar de ser Hestia quien escapaba, fue Príapo, ya que al despertar la diosa, le empezó a gritar y él huyó. Este hecho provocó que el asno fuese su animal favorito y en sus festividades, estos animales eran engalanados con guirnaldas.

Cuando Dionisos entra en el Olimpo, Hestia cede su puesto en el consejo de los doce dioses, para

Hestia-Vesta

así fortalecer su categoría de dios olímpico, mientras ella se dedica por completo al cuidado del fuego sagrado del Olimpo. Según los himnos homéricos, su mansión estaba ubicada en la parte más alta del Olimpo.

Cuesta visualizar a Vesta, ya que no hay representaciones de su arquetipo, sino sólo en forma difusa, puesto que los ritos para invocarla se hacían a través de la ceremonia del fuego. Esotéricamente, se dice que basta prender una vela color anaranjado en su nombre para sentir su presencia, amistosa y cálida. Sus delicadas revelaciones hablan sobre las necesidades del mundo interior: el hogar simbolizando el calor de las emociones, el centro solar de cada persona, del grupo o la comunidad. Así, generalmente se la representa por un círculo, puesto que en la Antigua Roma, el círculo simbolizaba la totalidad y estaba en medio de la Ciudad Vesta era celebrada en las Vestalia que tenían lugar entre el 7 y el 15 de junio. El primer día de la fiesta se abría, por única vez durante el año, el penus Vestae (sancta sanctorum de su templo). Las fiestas, que se hacían una vez al año, estaban destinadas a renovar el contacto con la diosa y a pedirle la protección del hogar.
Si bien Hestia ocupaba un rol realmente destacado dentro del panteón griego, prácticamente no aparece vinculada a ninguna disputa con otros dioses, tal como es habitual dentro de la mitología griega, en tanto, la razón de esta situación es que Hestia salía muy poco del Olimpo y no solía entrometerse en peleas precisamente por su razón de ser: la diosa que representaba el calor hogareño y la familia.
La Vestal, era una sacerdotisa consagrada a la diosa del hogar Vesta. Originalmente, es probable que fueran dos, cuatro en tiempos de Plutarco y posteriormente, seis. De su importancia dan prueba

Las Vestales

que el Colegio de las Vestales y su bienestar eran considerados fundamentales para la continuidad y seguridad de Roma. Eran sacerdotisas públicas Vesta publica populi Romani Quiritium y, en tanto que tales, constituían una excepción en el mundo sacerdotal romano, que estaba casi por entero compuesto de hombres.

Las vestales debían ser vírgenes, de padre y madre reconocidos, y de gran hermosura. Eran seleccionadas por el Pontífice Máximo a la edad de seis a diez años. Su mayor responsabilidad era mantener encendido el fuego sagrado del templo de Vesta, situado en el Foro romano por lo que tenían restringidos sus movimientos. Estaban liberadas de las obligaciones sociales habituales de casarse y tener hijos, y tenían voto de castidad para dedicarse expresamente al estudio y correcta

Vestales.

observancia de los rituales estatales que no podían efectuar los colegios sacerdotales masculinos, como la preparación de la mola salsa que era utilizada en sacrificios estatales. Estaban tocadas con un velo en la cabeza y portaban una lámpara encendida entre las manos.

Cuando una candidata a vestal era seleccionada, era separada de su familia, conducida al templo donde le eran cortados los cabellos, y donde era suspendida de un árbol, a fin de dejar claro que ya no dependía de su familia.

El servicio como vestal duraba treinta años, diez de los cuales estaban dedicados al aprendizaje, diez al servicio propiamente dicho y diez a la instrucción. Transcurridos estos años podían casarse si querían, aunque casi siempre lo que ocurría es que las vestales retiradas decidían permanecer célibes en el templo.

Su ocupación fundamental era guardar el fuego sagrado. Si éste llegaba a extinguirse, entonces se
reunía el Senado, se buscaban las causas, se remediaban, se expiaba el templo y se volvía a encender el fuego. El fuego era encendido usando la luz solar como fuente de ignición. La vestal que hubiera estado de guardia cuando el fuego se apagaba, era azotada.

Monacato femenino: Diversos sistemas y estructuras conformaron el monacato femenino en diferentes momentos de la Historia. A través del tiempo se pusieron de manifiesto variados modelos de vida

Paula de Roma, su hija Eustoquio y Jerónimo de Estridón.
Francisco de Zurbarán (1638-1640)

comunitaria, tanto con la inclusión de mujeres reconocidas por sus acciones, cuanto por aquellas otras que, en forma más anónima, se integraron en el sistema religioso y monástico de su tiempo, a menudo formando parte de grupos colectivos. Fruto de la cultura de épocas pasadas, el monacato femenino fue considerado frecuentemente un apéndice o complemento del monacato masculino, con niveles de formación diversos

Otro tanto sucedió con las vinculaciones entre vestales y dos instituciones de vida religiosa femeninas: Acllacuna en la cultura precolombina del Perú y las Acílacuna. Más alejadas del tiempo de las vestales, el parangón con éstas se resume en que en ambos casos se trataba de instituciones en las mujeres ingresan siendo niñas, a través de ritos de iniciación. Vivían recluidas en lugares concretos y limitados y tenían el deber o voto de castidad, durante treinta años o toda su vida, las vestales y hasta los dieciocho años o toda su vida, las Aclíacuna. La transgresión de la norma se castiga con la pena máxima que en algunas épocas es la pena de muerte que se ejecutaba enterrando vivas en un acto popular y ritual a las vestales y en un acto privado a las Aclíacuna

Comparte!

Siguiente »

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies